lunes, 7 de septiembre de 2009

Oxapampa y Pozuzo (25, 26, 27 agosto)

La historia es increíble. Trasladémonos por un momento al siglo XIX, Europa. Varias regiones alemanas y austriacas sufren de hambre crónica, los agricultores no poseen la tierra y no sólo su presente sino su futuro parece no existir. Muchos de ellos se plantean la emigración como la única salida para sobrevivir. Des otro lado del océano, en el estado peruano, se acaba de reprimir el alzamiento del jefe ashaninca Juan Santos Atahualpa. La región de La Merced ha quedado despoblada ya que los nativos de aquella zona han sido trasladados para que no dieran su apoyo a este líder local. Una inmensa extensión de ceja de selva ha quedado vacía, sin nadie que la habite. Entre estas dos necesidades aparece un noble alemán que negocia con el Perú. Si ellos se comprometen a darles la tierra y pagar por el pasaje, él traerá un buen número de alemanes dispuestos a colonizar y hacer productivas esas tierras. Perú acepta, pero los colonos deben ser católicos y tener todos ellos oficio. Se comprometen también a hacer ellos la carretera que irá hasta el lugar donde se debería fundar la colonia. Así comienzan los preparativos. Se corre la voz y se van sumando artesanos del sur de Alemania, la voz corre gracias a los jesuitas por Austria y del Tirol se suma un buen grupo de colonos.
Así empieza la odisea de unos cientos de alemanes que parten del mar del norte y llegan al puerto del Callao a alrerdedor de 1858. El viaje lo hacen hacinados en un buque de carga que normalmente transportaba huano (mierda de pájaro) y cuando llegan tienen que pasar la obligada cuarentena. Cuando comienzan a hacer los preparativos para su partida, comprando animales, abastos y demás cosas necesarias para iniciar su nueva vida, les llega la noticia de que la carretera no ha sido ni empezada. El poder político que había pactado con ellos ya no existe y se encuentran casi dejados de la mano de dios. Igualmente deciden partir y arriesgarse, lo que dejaban atrás no era mucho mejor y aquí por lo menos podrían ganarse el sustento con su trabajo en sus propias tierras. Comienza así un viaje épico en el que atraviesan las montañas y después kilómetros de selva virgen para llegar a un pequeño valle en medio de la nada después de dos años de peregrinación. Fundan dos poblaciones: Tirol, la más pequeña donde se quedan los austriacos y Pozuzo la colonia más grande donde viven los alemanes. Así comienzan una increíble lucha contra la naturaleza en un ambiente completamente desconocido para ellos. Por no tener no tienen ni hierro y tienen que hacer sus casas y sus muebles con clavos de madera. Hacen sus iglesias y poco a poco comienzan a normalizar su vida a pesar del aislamiento en el que se encuentran. Poco después una parte de los colonos se va a otro valle y funda Oxapampa. Poco despúes se convertirá en la ciudad más importante de la región. Pero la carretera a Pozuzo no llega y la población vivirá aislada casi hasta los años cuarenta del siglo pasado. Todos los apellidos, todas las caras e incluso las costumbres son alemanas y austriacas. Por la calle caminan rubios de ojos azules en plena selva, hablan su idioma y cocinan sus platos adaptados a la nueva realidad. Con la llegada de la segunda guerra mundial y el apoyo de Perú a los aliados y su declaración de guerra a Alemania los pozuzinos son obligados a hablar en español y se les prohibe el uso del alemán. Hoy en día casi nadie habla alemán, la población ha cambiado mucho desde que se abrió la carretera y ha venido gente del resto del Perú, pero por la calle se siguen viendo rostros blancos, ojos azules y cabellos rubios. La iglesia del pueblo parece venir directamente de los Alpes y forma un contraste bien chocante con la selva a sus espaldas.

Camino a Pozuzo y Tirol.

Esta gasolinera, lo creais o no, se encontraba dentro de una tienda.

Esta es la iglesia de Tirol

Algunas de las fotos de los colonos, algunos años después de haber llegado





Curiosamente en esta región de la selva fueron los alemanes los que volvieron a traer el tabaco. De esta manera hizo un camino de ida y vuelta y los puros aquí se hacen a la manera alemana y no americana.



Más imágenes de Pozuzo






Imágenes de Oxapampa






jueves, 3 de septiembre de 2009

regreso al futuro

Hace tiempo que no escribo, el tiempo va pasando y yo todavía estaba en Máncora, en el norte de Perú, esperando a pasar a Ecuador y seguir con mi temporada de playa. Desde allí pasaron muchas cosas y hay muchas fotos por ver pero voy a saltarme un tiempo y retomar el presente para acercaos a algo más actual, después iré intercalando episodios de lo que son prácticamente dos meses de viaje. Después de ese periplo por el norte de Perú y el sur de Ecuador, volví a Lima. Como anteriormente Tomás y la familia al completo me recibió de nuevo haciéndome sentir como si estuviera en casa. La idea era quedarme allí una semana, esperar a Antonio que venía de España y luego comenzar a viajar en dirección al sur. Bueno, no pudo ser así y, entre que Antonio tardó más de lo que esperaba y que Lima volvió a mostrar sus encantos, me quedé prácticamente un mes. Ahora os escribo desde Ayacucho o Huamanga, como queráis llamarle, bajo un agradable sol de sierra. Hace algo más de una semana que salí de Lima y todavía me siento triste de haberla abandonado. Me tuve que despedir de una ciudad que me había acogido con los brazos abiertos, que me había abierto las puertas de la casa y sin preguntar me había metido hasta la cocina. Me fui de allí triste, pero también con ganas de conocer más sitios de Perú, de retomar el movimiento del viaje. Esta vez sin embargo iba a ir acompañado. Salíamos Antonio y yo de camino a La Merced. Os voy a poner en antecedentes, antes de que veáis las fotos. Lima se encuentra en la costa, a su espalda y a no muchos kilómetros comienza a alzarse la cordillera de los Andes, kilómetros y kilómetros de valles y cerros en los que puedes pasar tranquilamente del nivel del mar a los 5000 metros de altura. Un paisaje lunar, donde la naturaleza se desnuda y muestra sus vetas abiertas, sus huesos y sus tendones, el material del que está hecha. La luz cae dura sobre las láminas de roca que se amontonan en caprichosas formas y lucen sobre el fondo de un cielo azul en el que las nubes se perfilan como si fueran ellas las que son de roca. El aire es puro y cristalino y la vista alcanza hasta el infinito sin que nada se lo impida. Ese idílico paisaje de pureza contrasta con la ciudad de La Oroya. Uno de esos puntos donde la industria minera ha puesto sus ojos y sus instalaciones convirtiéndolo en una de las diez ciudades más contaminadas del mundo. Pasando sobre el río por la carretera uno ve como las aguas claras se tornan marrones al contacto con los desagües de las plantas. La ciudad es enana, un pequeño núcleo urbano que pasa desapercibido entre las montañas y donde no para el autobús. El autobús se detiene en las afueras, en una parada de carretera en la que se amontonan una decena de restaurantes con buena comida, eso si. La montaña sigue después de La Oroya donde ya las aguas que bajan van hacia el Atlántico y no al Pacífico, como hasta ahora. De camino a Tarma el paisaje continúa igual de seco y lunar, ahora ya con pueblos y pequeños parches de verde en los valles que se adivinan al fondo junto a pequeños ríos brillantes que serpentean por entre cañadas. Es pasado Tarma cuando uno comienza a sospechar que más adelante se va a encontrar con algo nuevo. Poco a poco el frío de fuera desaparece y los grupos de árboles se empiezan a hacer más comunes, hasta que finalmente el verde estalla en la ventana del autobús y uno se da cuenta de que ha llegado a la selva. A diferencia de la selva de río, el Amazonas, que está más lejos hacia el este, esto es ceja de selva, una selva que escala las montañas escarpadas y cubre de verde hasta el último rincón, el sol pega fuerte y, debido a la altura, todavía no hay esa humedad insoportable de la margen de los ríos. Después de San Ramón aparece La Merced. La Merced es una pequeña población rodeada de selva, un valle que ha sufrido los embates de la extracción de madera durante las últimas décadas y que ha dominado su entorno. Se encuentra en un alto sobre la carretera y se ha erigido en la capital del turismo de la zona. Aunque es un turismo principalmente interno, en tres días que estuvimos allí apenas vimos a otros extranjeros por la ciudad. Dentro de lo que es la ciudad no hay mucho que ver, como mucho un par de discotecas en las que, a pesar de ser martes y temporada baja, no nos dejaron entrar por ir con pantalones cortos. El verdadero tesoro de La Merced se encuentra en sus alrededores. La región cuenta con un parque natural y con una multitud de cataratas y lugares pintorescos enorme. Pero nosotros habíamos oído hablar de otra historia. A unas horas de viaje desde La Merced se encontraba Oxapampa y a la misma distancia, más al norte, Pozuzo. Bueno creo que eso es digno de un capítulo aparte así que lo dejo para el siguiente.

las despedidas siempre son tristes y se puede ver en como Lima se despedía de mi.

Estas son las típicas carreteras de montaña


Aquí se ven los caminones de las explotaciones mineras arañando la montaña



la llegada a la Oroya, como podeís ver un herial, una carretera en medio de la nada.



Esto ya es en Tarma

Y esto es ya cuando uno llega a la selva

miércoles, 19 de agosto de 2009

más máncora (30 de junio)

Bueno y los días fueron pasando. La playa ahí lo abarcó todo. Me levantaba por la mañana y me iba a la playa, pasaba el día ahí o leía en el hostal. Había decidido aprovechar el sol definitivamente y me dediqué a eso prácticamente todo el tiempo que estuve. Por las noches la gente se juntaba alrededor de hogueras y se socializaba mientras bebía y escuchaba música. El pueblo estaba lleno de artesanos, músicos, surferos

Aquí comiendo en el lugar habitual, donde el menú venía a ser prácticamente siempre igual, pero ni tan malo ni tan caro como para no volver.





En Máncora eran fiestas y junto a la playa se entregaron los premios infantiles de deportes. Toda la chiquillería se agolpó alrededor del hombre que iba a entregar los premios. Los hombres bebían cerveza y la música sonaba. Las reinas de las fiestas lucían sus bandas y sus coronas entre los pobres mortales que las miraban caminar de un lado a otro, indiferentes. Comenzó la entrega de premios y el grupo de niños se arrimó junto a la mesa. Después dieron refrescos y se formó una cola anárquica en la que todos peleaban por conseguir su inca cola. La pelea fue tan feroz que al final la mujer que las repartía se hartó y cerró el chiringuito.











Más tarde volviero a pasear la imagen de san Pedro, que durante toda la semana había viajado de un lado a otro del pueblo, había montado en barco, como patrón de los pescadores, y había sido seguida en procesión por medio pueblo.




jueves, 13 de agosto de 2009

mancora (25 de junio)

Bueno más o menos ya he descrito Máncora. Ahora os voy a colgar algunas fotos para que lo veais.
Como podeis ver, la calle principal no tiene nada de especial, lo más que está llena de arena y que pasan moto taxis tdo el rato (aunque aquí no se vea).
Uno puede pasar por esta avenida unas diez veces en un día si se descuida. Es el único camino que une todo el pueblo y se utiliza para casi cualquier trayecto que hagas por lo tanto hay muchas posibilidades de encontrarse con alguien aquí. Máncora es un sitio de paso, de paso de turistas que van de sur a norte y de norte a sur, de paso de artesanos que van detrás de los turistas de norte a sur y de sur a norte, de paso de surferos que recorren la costa en busca de esa ola.


Como podreis ver aquí se hace de todo, desde manicura a internet.



Caminando por la costa en dirección al norte uno se encuentra con unas pequeñas marismas. Ya no hay gente allí porque dicen y cuentan que es peligroso que hay quien se va para allá para atracar al turista desprevenido que se adentre. Bueno yo fui y esto es lo que encontré.



He aquí al vasco de Luken con el trofeo del día, un cangrejo cabrón que no soltaba las sandalias ni a punta de pistola. Un abrazo chaval, no quemes Colombia.














La pobre chiva. Buaaaa. Cada vez que la vea voy a sufrir.

Y después de las marismas le enseñé un poco a surfear, que bonito momento.



sábado, 8 de agosto de 2009

camino a máncora (25 junio)

Así que salí corriendo y cogí el primer autobús que me encontré camino a Máncora. Máncora es una pequeña ciudad de la costa. Un antiguo pueblo de pescadores que ahora se ha reconvertido en ciudad turística y santuario del surf. Queda por el norte, una vez pasado Piura de camino a Tumbes y Ecuador, en una parte de la costa en la que, por alguna razón, siempre luce el sol. Es paso obligado de todos los turistas que viajan camino al norte o al sur y todos los días la cruzan turistas gringos o nacionales que llevados por la fama del surf y de la fiesta se quedan allí unos días. Para llegar desde el sur hay que seguir atravesando el desierto de la costa. Esta vez, sin embargo, uno, llegando a Piura, se cruza con una sabana curiosa, una sabana de algarrobos que crece en plena arena del desierto. El contraste es chocante, de la seca arena se levanta un espeso bosque que vive de la humedad del ambiente y que llena de verde el paisaje. Pareciera que de entre los árboles fuera a surgir una jirafa o un rinoceronte y sin embargo lo que surgen son pueblos de casas de paredes endebles y techos de uralita protegidos por vallas de mimbre para que el viento no haga pasar la arena, algunos de ellos que se extienden durante varios minutos.
Pasado Piura, que es la tercera ciudad en importancia del Perú, comienza de nuevo el desierto. Este desierto tiene algunas montañas bajas y el agua ha moldeado sus laderas de forma caprichosa hasta hacer de algo tan árido, algo bonito. Sorprende ver aquí y allá bombas de petróleo aisladas, no se sabe muy bien si son propiedad de grandes empresas o incluso extracciones caseras que aquí y allá se mueven rítmicamente. Finalmente y después de un largo viaje llegué a Máncora. Máncora tiene una calle principal que resulta ser la panamericana. Aquí está irreconocible comparándola con los cuatro carriles por dirección que hay en Lima. Esa carretera principal que abarca como unos dos kilómetros es surcada por moto taxis constantemente. Recorren la calle principal del pueblo pitando a todo lo que se mueva para ver si le convencen de que tome un taxi y, cuando llegan al final de la calle, dan la vuelta y la recorren de nuevo.





jueves, 6 de agosto de 2009

Chiclayo visto y no visto (23 de junio)

Pues finalmente llegué a Chiclayo, pero para mi desesperación el cielo tenía el mismo color y la misma textura que el de Huanchaco. Por si fuera poco, y que no se ofenda ningún chiclayino o como se diga, lo que es el centro de la ciudad no tiene mucho que ver y menos con esa luz. A la mañana siguiente, me fui a la estación y tomé el primer autobús a Máncora que pasaba. Necesitaba mar y sol, las dos cosas y a la vez... y bueno me fui.